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Editado en Bogotá D.C.

 

La muerte del neoliberalismo y la reforma de la seguridad social

 

Las grandes reformas de nuestro sistema de salud han sucedido indefectiblemente a grandes acontecimientos históricos. Por ello, frente al profundo agotamiento del actual Sistema de Seguridad Social en Salud y la presión por el cambio, proveniente incluso de la Corte Constitucional, nos preguntábamos si podría darse una verdadera reforma, en contra de lo que enseñaba la historia, sin un hecho previo de repercusión mundial que la permitiera, la justificara o la impulsara.

El origen de nuestros hospitales, en manos religiosas, sucede nada menos que al descubrimiento de América y la colonización de una España fuertemente aliada con Roma. La etapa religiosa del manejo de estas instituciones finaliza y da paso a las juntas de beneficencia, con motivo de la separación de la Iglesia y el Estado, proceso originado nada menos que en la revolución francesa contra los nobles, en la revolución protestante contra el papado romano y en la independencia de América.

Posteriormente nace la asistencia pública, es decir el Sistema Nacional de Salud y el financiamiento directo del Estado de las instituciones hospitalarias, como consecuencia de la Alianza para el Progreso, política surgida en plena Guerra Fría, después de la revolución cubana, para evitar que la potencia soviética metiera las narices en otros países de Latinoamérica.

Caída la potencia soviética y echado abajo el muro de Berlín en 1989, el capitalismo se declara triunfante e instituye al mercado como nueva religión y la especulación financiera como nuevo modelo en el Consenso de Washington, tras el cual deviene la secuencia de privatizaciones en el mundo, que incluyó la mayoría de los servicios públicos y que en nuestro país se introdujo a través de las grandes reformas, como la Constitución del 91 y la Ley 100 de 1993.

Sin embargo el modelo de especulación financiera (o financiarización para los expertos) acaba de morir ahogado en su propia esencia e infartado en su sistema circulatorio: las bolsas de valores, las mesas de dinero y los bancos de inversión. Libre de barreras, había hecho más ricos a los ricos y más pobres a los pobres y especulado a límites insospechados, no sólo con el dinero de los ricos, sino hasta con el ahorro para la vejez de los trabajadores. En medio, un sin número de genios de las finanzas se constituían en los verdaderos ganadores de ese juego, con sus altos salarios y comisiones.

Ya tenemos, entonces, mucho más pronto de lo que pensáramos, el acontecimiento mundial sin e qua non era posible impulsar una nueva reforma del sistema de salud (y claro está de pensiones y riesgos profesionales, de la seguridad social en general, e incluso, de la protección social en conjunto).

Sin duda alguna, la crisis nos traerá un nuevo mundo donde el mercado ya no será la religión única, donde la especulación financiera tendrá serias barreras y donde empezará a reducirse la oprobiosa diferencia entre ricos y pobres (inequidad en la que estamos a punto de convertirnos en campeones mundiales). Sin embargo no amaneceremos en un mundo estatizado (está fresco el recuerdo de la ineficacia y la opresión de la estatización absoluta). 

El mundo nuevo, simplemente arrojará a la basura el estúpido discurso de los noventas sobre la oposición de mercado y Estado o sobre la eficiencia de lo privado en relación con lo público. Entenderá que no son instituciones opuestas sino complementarias y que no puede haber un buen mercado sin un buen Estado, ni un buen Estado sin un buen mercado, es decir que ambos deben ser fuertes y eficientes para obtener los mejores resultados en una sociedad.

Pero tampoco esta ecuación de mayor equilibrio constituirá, como pretenden algunos amigos de la izquierda, un mundo donde el Estado se fortalecerá con buenas gentes que hacen la función social, para poner contrapesos a los daños que causan en las personas y la sociedad aquellos que hacen lo económico. Tal visión esquizofrénica de la sociedad, de seguro será la primera en surgir, la más facilista, pero esta no sería más que una versión aumentada de la asistencia a los pobres que deja el neoliberalismo o versiones históricamente mandadas a recoger, como la asistencia pública, la beneficencia o la caridad religiosa.

El mundo nuevo entenderá que de la producción, es decir de la relación entre capital y trabajo (sin importar la forma legal que asuma esta relación), deben surgir los derechos de los trabajadores y sus familias, el financiamiento de la vejez, la salud, la incapacidad, la invalidez, los riesgos profesionales y el desempleo. Que de la producción responsable no pueden salir daños ecológicos, daños a terceros, enfermedades, lesiones, invalideces, trabajadores empobrecidos o sin derechos para la vejez, para que después el Estado se haga cargo de ellos y de sus familias.

El neoliberalismo sólo desaparecerá realmente cuando se entienda que su mayor daño consistió en producir y ganar sin ninguna consideración ni responsabilidad con los trabajadores que generaban esa riqueza, a los que fue dejando muertos, enfermos y empobrecidos por el camino, en un modelo de desarrollo que, además de no ser sostenible, fracturaba cada día más la sociedad.

La reforma del Sistema de Seguridad Social que necesitamos, es la reforma que, unida a la también indispensable reforma laboral, acabe con el actual grado de violencia contra los trabajadores y les devuelva sus derechos, en forma de prestaciones o porción social del salario, como ciudadanos que aportan al desarrollo económico de la nación, no en forma de favores del Estado y, por esta vía,  logre construir una sociedad más justa e incluyente y garantice la sostenibilidad del desarrollo económico.

 

Octubre 12 de 2008

 

 

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