Editorial

Salud Colombia www.saludcolombia.com
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Comunicaciones
Editado en Bogotá D.C.

 

Catástrofe Hospitalaria.  Catástrofe Social

Hemos pasado por muchas crisis hospitalarias, pero nunca creímos posible llegar a la condición actual, donde se cierra un hospital tras otro por falta absoluta de fondos, a lo largo y ancho de la geografía nacional.

La situación de desprotección en que quedan millones de colombianos en situación de enfermedad no es compatible con el más mínimo respeto a los derechos humanos, ni con una sociedad civilizada.

El carnet de aseguramiento al Régimen Contributivo, pero sobre todo el de afiliación al Régimen Subsidiado, se convierten en un pedazo de papel o plástico sin ningún valor, cuando a la hora de la enfermedad no hay en la zona o región un hospital apto para atender la enfermedad, bien porque está definitivamente cerrado o porque sus servicios no pasan de cuidados paleativos por la ausencia total de recursos para la atención oportuna y eficiente de los pacientes.

La doble moral de pedirle a los hospitales que sean eficientes y vivan de la venta de servicios y al mismo tiempo colocarlos en la posición de tener que atender a más de veinte millones de colombianos sin que se les pague por sus servicios, no se sostiene. 

La acusación permanente de ineficiencia de las instituciones hospitalarias, cuando se sostiene demasiado tiempo (ya son muchos años en los últimos gobiernos), se convierte en un discurso vacío que se devuelve contra quienes manejan el Estado, apuntando a su incompetencia para solucionar el problema.

El inconformismo de los trabajadores y profesionales del sector salud se justifica hoy plenamente. Tambien ahora muchos congresistas quieren tomar cartas en el asunto, pues la catástrofe social no da más espera: la crisis hospitalaria se ha convertido en un problema político en todo el sentido de la palabra, capaz de erosionar la misma legitimidad del Estado.

Por otra parte, que no vengan con el cuento de que lo importante es la prevención, quienes ni siquiera conocen el significado real de la palabra. El día de su muerte accidental, el ex-ministro Londoño, montado en una bicicleta en las primeras horas de la mañana, con motivo del día sin carro, señalaba que si todo el mundo hiciera ejercicio no se necesitarían hospitales. No podemos preguntarle, hoy, si su mensaje televisado al páis fue simplemente una frase desafortunada, en el intento de fomentar el ejercicio y la salud, o si creía realmente en lo que manifestó.

Pareciera que mucha gente, en altos cargos de responsabilidad, cree en semejante estupidez. Que la gente va a dejar de enfermar y morir y que los hospitales dejarán de ser necesarios. ¿Serán capaces de entender que si efectivamente hacemos muy buen control de las enfermedades que inciden en las primeras etapas del ciclo vital, la consecuencia será una población mucho más anciana y demandante de servicios médicos y hospitalarios, como en los países desarrollados? De hecho, ya el intensivo control natal que hizo carrera en el país nos acerca a esa realidad.

Esta creencia de fondo llevó a no financiar la prevención secundaria -o atención médica propiamente dicha de las enfermedades- en el Régimen Subsidiado. En la práctica quienes padecen enfermedades crónicas no tienen acceso a un tratamiento adecuado en manos de especialistas. Diabéticos, asmáticos, epilépticos, hemofílicos y muchos otros están hoy abandonados a su suerte o sólo los atienden cuando llegan en coma a los servicios de urgencias, o a cuidados intensivos o entran en insuficiencia renal definitiva. Por la falta de una adecuada atención se complican y mueren, o acaban convirtiendose en enfermos de alto costo o personas totalmente incapacitadas, cuando estas mismas personas, bien tratadas médicamente, podrían ser completamente productivas; pero alguien decidió que esto no es prevención en Colombia.

Los hospitales de segundo y tercer nivel no logran cobrar por los vinculados, pero tampoco por la mayor parte de las hospitalizaciones de los afiliados al Régimen Subsidiado. Ni siquiera se les garantiza el pago del trauma grave en un país en guerra. En fin, la demanda de servicios de los ciudadanos enfermos debería haber cambiado para que se acomodara al deseo de los tecnócratas que deciden que es bueno para los ciudadanos pobres (por supuesto porque no les afecta a ellos). La atención hospitaria y la médicina técnológica moderna no son prioritarias para el "Sistema", como se deduce de la permisividad con la quiebra y el cierre de estas instituciones.

Finalmente, si el problema se mira desde la escasez de recursos del Estado, actualmente urgido por el gasto militar, entonces es razonable la creación de nuevos impuestos. Claro que, en ese caso, podemos recomendar que en lugar del impuesto a la comida, que afecta sin duda la salud de muchos colombianos pobres, el Gobierno dirija el impuesto a la propiedad de la tierra, hoy enormemente concentrada en manos de narcotraficantes, hecho que sólo aporta atraso y violencia al país. La propiedad de enormes extensiones de tierra resulta muy atractiva para delincuentes y gamonales  precisamente por estar en la práctica exenta del más mínimo gravamen que obligue a la productividad y porque sin impuestos reales permite esconder el valor real del patrimonio.

Junio  de 2004

 


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