Editorial

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Editado en Bogotá D.C.

 

Duele Latinoamerica

Produce profunda tristeza e incluso dolor la lectura diaria de las noticias de Latinoamérica, de casi todos los países sin excepción, agobiados por lo que se denomina una vez más la "crisis económica", término que no permite por cierto develar las verdaderas causas de la tragedia de nuestros pueblos, y más bien parece útil para ocultarlas.

Produce tristeza el hambre y las necesidades de toda clase de millones de latinoamericanos, mientras los sectores acomodados de todos nuestros países y los políticos -que suelen comportarse como mayordomos de las mismas clases acomodadas-, acuerdan el futuro con los organismos internacionales, según su conveniencia y la conveniencia de otros países, a costa del dolor y sufrimiento de sus conciudadanos.

Produce tristeza la situación de salud de nuestros países, así como los remedos de seguridad social, mostrados como panaceas por la mayoría de los gobiernos, que siempre disponen de justificaciones teóricas o económicas para no garantizar el derecho a los servicios de salud a la mayoría de los ciudanos sin recursos.

Produce tristeza sobremanera que ninguno de nuestros países esté en capacidad, sino de mejorar sustancialmente la vida de sus ciudadanos, al menos de garantizar un futuro mejor a los niños,  mediante algún acuerdo social de largo plazo, que permita construir una nueva esperanza en los hogares y posibilite que los pueblos recuperen la fe en su futuro.

Produce tristeza que la exclusión -o el aparteid real, como se describiera en una cumbre mundial reciente-, que define y caracteriza nuestra organización social, sea explicado como "crisis económica", para atribuir convenientemente a fórmulas presuntamente técnicas tal grado de inequidad.

Produce tristeza que el "no futuro" concedido desde el nacimiento a muchos latinoamericanos y que se torna en desesperación y violencia, simplemente tenga como respuesta la descalificación y la represión por parte de los Estados. 

Produce tristeza que no parezca posible concebir una Latinoamérica sin tamañas desigualdades, una sociedad que si bien pueda contar con vagones de primera, segunda o tercera categoría -unos con más lujos que otros-, garantice que todos los ciudadanos sin excepción puedan viajar en el tren, el tren del siglo XXI, el tren de la vivienda, del ingreso, de la educación, de la salud, de las comunicaciones. 

Produce tristeza, en suma, que padezcamos todos los países latinoamericanos los mismos males, pero que a pesar de ello nos sometamos entre nosotros a fronteras dispendiosas y oprobiosas y nos tratemos de extranjeros, como si fueramos extraños en la vida, el sufrimiento o siquiera en el lenguaje.

Produce alegría sin embargo, saber que somos iguales, que padecemos del mismo mal de pobreza y miseria, que somos igualmente manipulados por locales y extraños, que somos todos latinoamericanos con capacidad y derecho de disfrutar de la vida, y que, precisamente aburridos de la actual situación, con visos de permanencia, nos estamos encontrando unos a otros para la búsqueda de salidas a la estructura de inequidad en lo local y lo internacional.

Por este camino pronto estaremos rechazando, en un mismo idioma, fronteras que sólo convienen a unos pocos, que frenan nuestras posibilidades de desarrollo y libertad, que favorecen la manipulación de otros bloques económicos, en suma, que nos hacen pequeños, pobres y sometidos. 

Produce alegría observar que el desarrollo de las comunicaciones abre el camino para una gran Latinoamérica que pueda disfrutar sus grandes riquezas y que permita a nuestro gran pueblo vivir y crecer con más derechos y posibilidades y construir el futuro para sus hijos, sin las limitaciones de sus corruptas, limitadas y convenientes dirigencias parroquiales.

 

Agosto de 2002


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