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LA EXPEDICION BALMIS

o el principio del fin de la viruela en América

 

Por: Antonio Martínez Zulaica

(textos extractados de su libro Fosas y Bronces - La Medicina en la Ciudad de Tunja, Su evolución Histórica. Academia Boyacense de Historia. 1989)

En las historias generales de nuestro país hay miles de páginas describiendo batallas como la de Boyacá donde, según Arturo Abella, murieron menos de dos docenas de soldados entre ambos bandos en pugna. Pero poco, muy poco, casi nada en realidad, se escribe en ellas de los miles de muertos de viruelas...... durante los años coloniales. No obstante debemos considerar esta plaga como el más trágico azote aunque en el desarrollo del mismo no hayan intervenido batallones ni morteros.

El historiador Nicolás Sánchez-Albornoz nos ofrece un cuadro aterrador y bien documentado del fenómeno epidémico americano en su obra "La Población de América Latina - Desde los Tiempos Precolombinos hasta el año 2000", y del que transcribimos algunas de sus opiniones sobre tan bestiales plagas:

"Las causas fundamentales del derrumbe demográfico fueron las epidemias". Los españoles se estremecieron con la mortalidad que provocaban, aunque no tanto como los americanos "pues era moneda corriente en toda Europa". Cotidianas casi y siempre trágicas. Cada siglo morían en América y Europa docenas de millones de los apestados. Uno de cada tres enfermos era sepultado. Las poblaciones desaparecían del mapa. Los indígenas carecían de defensas contra los nuevos virus y bacterias "y pudieron ser abatidos de un manotazo".

"La viruela pasó de Europa al Caribe muy temprano. En mayo de 1519, los oficiales de La Española daban cuenta de que había matado a la mayor parte de los indios de la isla, según Dobyns. Después pasó a Puerto Rico. Al año, los hombres de Cortés la introdujeron en el Continente. Casi la mitad de la población de Méjico feneció, entre ellos el sucesor del emperador Moctezuma". Y luego Guatemala, resto de Centroamérica y Perú, donde segó la vida de Huayna Capac en 1524. A Colombia llegó algo más tarde pero llegó.......... 

....."En 1563 la viruela cobró no menos de 30.000 vidas en las aldeas jesuíticas recién fundadas en la Bahía de San Salvador, en Brasil"........ Caracas, erigida doce años antes, sufrió el mismo año los azotes del sarampión y la viruela. "La década siguiente fue atormentada por incesantes desasosiegos. La viruela cundió en Cuzco y emprendió marcha hacia Lima y Quito. Uno de cada cinco moradores desapareció, sobre todo los indios. Perú padeció otra embestida, originada en Cartagena entre un cargamento de esclavos; de orillas del mar subió a las alturas de Santafé de Bogotá, donde los aborígenes de la ciudad fueron literalmente diezmados; y luego pasó a Lima, Quito y Cuzco. De aquí a Chile por el sur, y por el norte a Nueva España en 1588". Y retoma plaza en Méjico en 1595.

....El comentarista Arroyo se hace fidelísimo interprete del desaguisado epidemiológico: "Los indios, atemorizados por la gran mortalidad, huyeron a los bosques y montañas dejando abandonadas las poblaciones". ...Hay quien asegura que la cifra de mortalidad entre los indígenas alcanzó el 90%....... Los cronistas dicen que el exantema se desenvolvía con tan increíble violencia que dejaba despobladas las tierras y ciudades por donde pasaba, que se sepultaba a los cadáveres en las iglesias si se trataba de castellanos de pro y en los altozanos si eran españoles menguados o indígenas, "que siendo ya los templos insuficientes para albergar tanta carroña, hubo necesidad de inhumarlos en los campos baldíos" 

....1688-89. Dice Sergio Elías Ortiz: "Por datos aislados se comprende que la peste tífica y la viruela diezmaron en este bienio la población del Nuevo Reino", siendo los indígenas de Boyacá y Popayán los que pagaron mayor tributo.

....1770. Tercera oleada de viruela en el Nuevo Reino y que duró casi 900 días. Causó 700 muertos sólo en Santafé de Bogotá. La capital debía tener aproximadamente 20.000 habitantes, lo que da una mortalidad aproximada entre el 4 y el 5%....De esta epidemia escribe Sergio Elías Ortiz en la "Historia Extensa de Colombia": "una nueva racha de la terrible epidemia de viruelas se presentó primero en Cartagena en 1782 y en el año siguiente se propagó por distintas regiones haciendo en los pueblos los más horrorosos estragos, con 10% de muertes en los contagiados, según calcula aproximado el señor Caballero y Góngora. Fue cuando Mutis publicó la hoja volante titulada "Método General para Curar las Viruelas" 

En la epidemia de 1801, cuando Santafé tenía alrededor de 30.000 habitantes, los médicos pudieron establecer una estadística real de su mortalidad, que fue exactamente del 13.7%

.... Se sabía desde hacia muchas centurias que quienes habían enfermado de viruela no la padecían por segunda vez. Médicos y curanderos pensaron que un buen mecanismo protector sería sufrir la enfermedad atenuada en momento en que la persona estuviera en buenas condiciones para recibirla y resistirla.... En Africa y Turquía ya lo habían experimentado. Lady Montagu, esposa del embajador inglés en Turquía escribe en abril de 1717..: "La viruela tan temida en Inglaterra, es aquí completamente inofensiva gracias al "injerto". Dicho injerto no era otra cosa que la variolización por grupos una vez al año, en gente sana y por medio de una larga aguja que introduce en una vena la materia variolosa, la que puede tomarse con la punta de la aguja. Se presentaba reacción febril a los 8 días que encamaba al variolizado apenas por tres fechas.

..."La viruela empezó a replegar sus alas por acción de la inoculación introducida en América en 1779 y 1780, y empleada luego con mayor envergadura en 1797 y 1798. Los primeros pasos no llevaron muy lejos.....

....Así prosiguió la técnica de vacunación hasta los descubrimientos experimentales del médico Eduardo Jenner con su método más sencillo y de menor riesgo: la vacunación. Jenner había observado que en su Gloucestershire natal las muchachas que trabajaban en las granjas ordeñando vacas que habían padecido una enfermedad llamada "vacuna", nunca enfermaban de viruela. Deducción obvia: quien tuviera lesiones menores de "vacuna" en las manos estaba exento de padecer la viruela humana. En 1756 Jenner se decidió a vacunar un niño con material procedente de las lesiones de las vacas en las ubres; y dos meses después, para comprobar su efecto, inoculó al mismo muchacho con material procedente de la pústula de un enfermo de viruela humana. La viruela no prendió.

La Técnica inmunitaria de Jenner no llegó hasta muchos años después al Virreinato de Nueva Granada..... Sólo en 1805 sale a la luz pública el tercer trabajo científico redactado por las autoridades coloniales y firmado por el Virrey don Antonio Amar. Ahora sí se habla de la vacuna en el sentido que dio al término el doctor Eduardo Jenner. Está naciendo el siglo XIX.... 

.........El tercer documento surgió de las dramáticas experiencias de la Expedición Balmis, que personalmente llegué a bautizar "una gesta para llevarla al cine", inenarrable epopeya de la salubridad hispanoamericana. No tenía la expedición distinta finalidad que la de difundir la vacuna bovina por todos los territorios dependientes de la Corona. Carlos IV y su ministro Godoy se convirtieron en los propulsores de esta hazaña sin parangón. El médico peninsular Miguel Gormán había experimentado en su patria las vacunaciones acomodadas a las prácticas de Jenner. Entre 1770 y 1792 se calculan en más de 30.000 las vacunaciones realizadas en España..

Pocas veces la historia colombiana se extiende en la gesta de Balmis y sus colaboradores,  posiblemente tema con su difusión darle a Carlos IV valores que no se compaginan con el epíteto que siempre le dimos de enemigo de la cultura americana. Como tantas veces sucede, el maniqueismo político comete este género de dislates, de premeditadas omisiones que dejan coja la historia objetiva.

Un grupo de niños serían embarcados sirviendo como agentes portadores del virus de la vacuna obtenida de la viruela vacuna. Destino: Cuba, Yucatán, Virreinato de la Nueva España, Filipinas, Visayas, Macao, Cantón, Islas de Santa Elena, Panamá, Colombia, Ecuador, Chile, Perú, Argentina... Por supuesto que la corte puso objeciones al proyecto, también la Iglesia argumentando peligros morales y defendiendo el bienestar de los niños inocentes. La oposición más radical la sustentaron los economistas reales arguyendo que el escaso erario nacional no podía permitir tan gravosos lujos. Pero al fin se puso la impotente autoridad despótica de su Majestad. 

El 30 de noviembre de 1803 se desarrollaba en el puerto marítimo de La Coruña una tan febril como extraña actividad: un tierno racimo de 22 niños eran embarcados en un vetusto cascarón de abultado velamen. Les acompañaban singulares personajes que seguramente recibían por vez primera en la cara la salobre brisa del mar. Dirigía la expedición el médico alicantino Francisco Javier Balmis, secundado por José Salvany y Lleopart, también graduados. Colaboraban como gregarios Manuel Julián Grajales -de quien sabemos estuvo en Tunja con parte de la expedición ya por entonces diezmada- y Antonio Gutiérrez Robredo; como practicantes o en calidad de enfermeros, cinco expertos en su oficio; y, por lo demás, una valiente mujer, doña Isabel Gandalla, rectora de la Casa de Expósitos de La Coruña, establecimiento de donde procedían los niños, comisionada para inculcarles confianza y tranquilizarlos con su cariño de madre adoptiva. 

Tras hacer escalas en las Islas Canarias y Puerto Rico y en apacible travesía por el Océano Atlántico, recalan en el puerto venezolano de La Guaira. En el barco, sin mayores azares, no hubo otra preocupación que la de trasvasar la vacuna de los infantes que la habían recibido anteriormente a los acondicionados receptores, para que el virus no se debilitara o consumiera. En la capitanía venezolana la expedición se dividió en dos secciones, después de atender las zonas de Cumaná y Maracaibo. La comandada por Balmis recorrería Cuba, Mérida, Yucatán, Méjico, Filipinas, Visayas, Macao y Cantón. De Yucatán se disgregó una pequeña expedición para hacer vacunaciones en Guatemala. El segundo grupo, dirigido por Salvany, orientaría su singladura rumbo a Cartagena de Indias, penetrando en el Virreinato de la Nueva Granada y siguiendo sin desmayo hasta casi la Tierra de Fuego. La mas exuberante imaginación no puede calcular gesta semejante.

El segundo contingente no tarda en sufrir calamidades, la primera el naufragio de la nave que los transportaba en plenas bocas del Río Magdalena, después de zarpar en Barranquilla y antes de desembarcar en Cartagena. Gracias a la abnegación y heroísmo de los nativos ribereños la expedición no se sumerge para siempre. Y después las penalidades para llegar a Soledad. Por fin la ciudad de Pedro de Heredia, a la que llegan el 24 de mayo de 1804. Cinco meses habían pasado desde que soltaron amarras en La Coruña. Y estaban empezando... En Cartagena labores de inmunización vacunando a millares de personas. Los mosquitos se ceban en las llagas de la vacuna, muchos de los niños españoles se parasitan y sufren diarreas incoercibles. Con la presencia de los infantes macilentos se celebra un solemne Te Deum en la catedral, festejos y agasajos... Posteriormente irrigan la vacuna a Panamá, Rioacha y Portobelo, de océano a océano. Después hacia tierra adentro, subiendo por la vía fluvial del Magdalena. Navegando ahora en humildes champanes vacunan a las poblaciones ribereñas. En Mompox son recibidos con mayores honores y algarabía que en Cartagena de Indias. "Fueron 24.410 vacunaciones sin observarse en ellas el más leve accidente", reza en el diario de los expedicionarios. En Mompox se fragmentan de nuevo: Salvany y Bolaños proseguirán por el Magdalena rumbo al altiplano de Santafé de Bogotá tras abandonar las embarcaciones en Honda; Grajales y Lozano se orientarían por tierra a Ocaña, Cúcuta, Pamplona, Girón, El Socorro, San Gil, Tunja y Vélez.

Ya en la sabana, con su aire frío y enrarecido de oxígeno, se reunirían con sus compañeros cuatro meses después. Los niños se reaniman con confituras y el sabroso chocolate. Diariamente repartieron con prodigalidad el suero de sus pústulas casi maceradas para que los jóvenes neogranadinos regresaran a sus poblaciones a extender entre los suyos más y más los beneficios. En Honda se vacunaron más de 2.000 personas, 5.000 en Guaduas... En Santafé recibieron el decidido apoyo del Virrey don Antonio Amar y Borbón. El canónigo don Andrés María Rosillo y Meruelo predicó en la iglesia de San Carlos recomendando el uso de la vacuna y exaltando el sacrificio de los expedicionarios, pero más que nada de los niños sacrificados en aras de la humanidad doliente. Abandonaron la capital en 8 de marzo de 1805 , no sin antes haber practicado en ella 53.327 vacunaciones. Hacía 10 meses que habían salido de Cartagena.

Torna a subdividirse el grupo en atención a la accidentada y múltiple geografía del país. Grajales y Bolaños enrumban a Neiva y La Plata. Salvany a Popayán por la ruta del Quindío. Se reagrupan en la capital del Cauca. De nuevo la dispersión. Grajales y Bolaños en dirección a Barbacoas y la costa pacífica; Salvany a Pasto, Túquerres y Ecuador. Y hacia el sur infinito... Más de un millón de americanos recibieron los beneficios de la inoculación gracias a la filantropía de Carlos IV, al desdén por las incomodidades e incluso por la vida de Balmis, Salvany, Bolaños, Grajales, y al inenarrable sacrificio de un grupo de niños en cuyo recuerdo y homenaje no se ha hecho todavía la más mínima alegoría. Hay deudas que escarnecen.

De esta expedición por tierras americanas comenta el historiador Sánchez - Albornoz: "Este prodigioso programa sanitario a escala continental tuvo efectos inmediatos limitados. Por más que la expedición se demoró y trató de no omitir puntos importantes, es evidente que mal podía vacunar a todos los americanos. Concentró sus esfuerzos en salvar principalmente a los niños. En Méjico, vacunaron a 100.000 entre julio de 1804 y enero de 1806, a uno de cada cinco. Los puertos y las grandes ciudades fueron los primeros beneficiados por la vacuna y, entre ellos, los sectores sociales más esclarecidos. Su propagación entre las clases populares resultó más lenta y difícil. Aunque se aplicaba gratis, acogíanla con inevitables recelos. Mas el tropiezo principal que halló fue la falta de educación y de atención sanitaria entre las masas rurales". El comentario es oportuno para explicar por qué en el transcurso de todo el siglo XIX y parte del XX siguió gruñendo la viruela, aunque fuera perdiendo gradualmente el carácter catastrófico de antes, tal como sucedió en nuestro país y concretamente en la ciudad de Tunja, donde la última epidemia con cierta dosis letal fue la de 1810 propagada a partir de Santafé de Bogotá.

 



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