Informe Especial

 

EL SIDA a Diciembre de 1999 (2)


Los dos gigantes de la región de Asia y el Pacífico

El VIH llegó relativamente tarde a Asia, lo que dio a esta región la oportunidad de aprender de la experiencia de otros países. De hecho, algunas de esas enseñanzas parecen haberse traducido en esfuerzos satisfactorios de prevención, aunque también pueden citarse ciertos fracasos. En todo el continente, el ONUSIDA/OMS estima que unos 6,5 millones de personas están viviendo con el VIH a finales de 1999, más de cinco veces el número de personas que ya han fallecido por el SIDA en la región.

Las enormes poblaciones de la India y China dominan inevitablemente cualquier valoración del VIH en Asia. Dado el gran número de habitantes en esos países, pequeñas variaciones porcentuales en las estimaciones de las tasas nacionales de infección dan lugar a cambios significativos en las estimaciones del número total de personas infectadas. Un aumento de la prevalencia de tan sólo el 0,1% en los adultos de la India, por ejemplo, añadiría más de medio millón de personas al total nacional de adultos que viven con el VIH.

La India ha realizado recientemente un gran esfuerzo para mejorar su comprensión de la epidemia de VIH. Después de ampliar y perfeccionar su sistema de vigilancia, el país tiene ahora una idea más clara del número probable de personas que viven con el virus. El panorama emergente es extremadamente variado:

En conjunto, se calcula que en la India la infección por el VIH afecta a unos cuatro millones de habitantes, una cifra inferior a la que cabía prever a partir de las proyecciones de datos previos. Esto explica el descenso en las estimaciones totales de la infección en Asia a finales de 1998: de 7,3 millones a los actuales 6,5 millones para todo el continente.

En la India, el VIH acarrea un fuerte estigma. Al igual que en muchos otros países, la asociación entre VIH y comportamiento sexual «promiscuo» ha generado la creencia de que, en cierto sentido, las personas que están infectadas por el VIH «merecen» su suerte. De forma paradójica, un estudio reciente sobre actitudes ha demostrado que la estigmatización recae especialmente en las mujeres, que a menudo son esposas monógamas infectadas por sus maridos. Los parientes políticos las culpan con frecuencia de la desgracia de sus esposos, aun en el caso de que ellas mismas no estén infectadas. Si un varón fallece a causa del SIDA, existe el peligro de que la mujer sea desahuciada del hogar por los parientes políticos y pierda a sus hijos en el proceso. El estigma también influye en la prestación de atención de salud. Se ha comunicado que la mayoría de los hospitales rechaza a los pacientes infectados por el VIH o no cubre convenientemente sus necesidades. En un estudio sobre la discriminación en el sistema sanitario, muchos profesionales declararon que tratar a los pacientes con el VIH era desperdiciar tiempo y dinero, ya que acabarían falleciendo igualmente. Cabe destacar que no expresaron opiniones similares acerca de otras enfermedades crónicas o mortales que inciden en adultos jóvenes.

En un clima de discriminación y miedo irracional, los esfuerzos de prevención son extremadamente difíciles. Para que la prevención sea eficaz, es necesario afrontar de cara problemas de índole cultural tales como las relaciones sexuales extramaritales y la utilización de preservativos. Por supuesto, esto se aplica a todos los países, no sólo a la India.

Como mínimo, el gobierno de un estado progresista en el sur de la India, Tamil Nadu, ha tomado la iniciativa en este campo por medio de su Sociedad Estatal del SIDA (actualmente existen sociedades similares en todos los estados de la India). En colaboración con una agencia de publicidad multinacional, la Sociedad Estatal del SIDA emprendió campañas que abordaban directamente la cuestión del estigma relacionado con el SIDA, junto con una campaña para promover un comportamiento sexual más seguro. La campaña en favor de las prácticas sexuales seguras, que iba dirigida a varones de entre 20 y 30 años, decidió elaborar sus mensajes en torno al deporte del críquet, una verdadera pasión nacional para este grupo destinatario. Durante los principales acontecimientos deportivos, que captaban audiencias masivas, se emitieron anuncios que utilizaban el lenguaje del críquet con un doble sentido sexual. Este toque de humor quitaba mordiente a un tema delicado, al tiempo que permitía transmitir el mensaje. Aparte de provocar la sonrisa de la gente y abrir la posibilidad de discutir sobre temas que hasta ahora se consideraban tabú, los mensajes parecen haber calado en la sociedad. Encuestas de comportamiento repetidas a lo largo del tiempo señalan que, en Tamil Nadu, la proporción de operarios de fábrica que declaran haber tenido relaciones sexuales ocasionales recientes se ha reducido a la mitad durante los dos últimos años, mientras que el uso de preservativos con parejas ocasionales aumentó hasta el 50% en 1998, en comparación con tan sólo el 17% en 1996, antes de que se iniciara la primera campaña publicitaria.

En China, las tasas de infección por el VIH han permanecido relativamente bajas, ya que, según las estimaciones, hay medio millón de seropositivos en una población que supera los mil millones de habitantes. El grueso de las nuevas infecciones se concentró en los consumidores de drogas intravenosas. Preocupa el incremento aparente de este tipo de drogas, que se están convirtiendo en un hecho habitual en zonas que hasta ahora habían permanecido prácticamente indemnes, como la populosa provincia costera de Guangdong. La prevalencia del VIH en consumidores de drogas intravenosas de Guangdong, que era casi nula a principios de 1998, aumentó hasta un 11% a principios de 1999. Dado que las encuestas de comportamiento han revelado que más de la mitad de los usuarios de drogas intravenosas comparten las agujas, es probable que los niveles de infección por el VIH aumenten rápidamente en el futuro.

Al igual que en otros países, en China existe un riesgo evidente de propagación del VIH fuera de la población de usuarios de drogas intravenosas. Los movimientos masivos de población y la creciente disparidad en el nivel de ingresos han fomentado el comercio sexual en China, donde, según las estimaciones, puede haber hasta cuatro millones de prostitutas. Las encuestas de comportamiento indican que más de cinco de cada 10 profesionales del sexo nunca han utilizado un preservativo para protegerse a sí mismos y proteger a sus clientes contra las ITS y el VIH; en algunas zonas, la cifra es de nueve de cada 10.

Éxitos y fracasos de la prevención en Asia

En otras áreas de Asia y el Pacífico, la epidemia está adoptando una diversidad de formas.

En Tailandia, al parecer, los esfuerzos bien establecidos de prevención del VIH siguen dando sus frutos. Según un estudio que examinó más de 40.000 embarazos en Chiang Rai, una provincia del norte de Tailandia fuertemente afectada por la epidemia, la proporción de mujeres infectadas por el VIH disminuyó desde un máximo del 6,4% en 1994 hasta el 4,6% en 1997. Un dato alentador es que el descenso en la prevalencia del VIH fue especialmente acusado en las mujeres más jóvenes. En mujeres menores de 25 años con un primer embarazo, la prevalencia del VIH disminuyó un 40% durante este periodo de tres años. Esta reducción es congruente con un descenso ligeramente más temprano en la prevalencia del VIH entre soldados masculinos jóvenes reclutados en el norte de Tailandia. Cabe pensar que el menor número de infecciones en mujeres jóvenes con actividad sexual reciente refleja la disminución de las infecciones en los varones del grupo de edad que constituirían probablemente sus parejas.

Las tasas de infección siguen siendo relativamente bajas en Viet Nam, pero están creciendo. El sistema de vigilancia indica que la prevalencia del VIH en mujeres embarazadas aumentó más de 10 veces entre 1994 y 1998, aunque no llegó a superar la cifra de 1,5 por 1000. En el grupo de máximo riesgo, los usuarios de drogas intravenosas, la prevalencia del VIH permaneció estable durante este periodo (18%). Sin embargo, hay signos que advierten que la transmisión del VIH podría incrementarse espectacularmente debido a los comportamientos de riesgo sexual:

Bangladesh está experimentando un patrón similar de baja prevalencia del VIH, acompañado de señales de alarma que indican que las tasas podrían aumentar rápidamente. En las mujeres profesionales del sexo, por ejemplo, las tasas de infección por el VIH oscilaron entre 0 y 15 por 1000 en diferentes zonas. Es indudable, sin embargo, que el riesgo existe. En primer lugar, aproximadamente la mitad de todas las prostitutas están infectadas por la sífilis. Aparte de ser un indicio inequívoco de que no todos los clientes de esas mujeres utilizan preservativos, la infección sifilítica aumenta en gran medida la posibilidad de transmisión del VIH si la mujer o su cliente están infectados por el virus. Menos del 20% de las profesionales del sexo indicaron que empleaban preservativos de forma regular. Por añadidura, un 13% de las prostitutas encuestadas en estudios de vigilancia del comportamiento señaló que consumía drogas intravenosas. Se calcula que en Bangladesh hay unos 25.000 usuarios de drogas intravenosas que comparten diariamente agujas y jeringas. Aunque por ahora la prevalencia del VIH es relativamente baja en este grupo (alrededor de 2,5 por 1000), el virus empezará a propagarse con rapidez a menos que se adopten urgentemente programas de intercambio de agujas y otras medidas de prevención.

Aunque se cree que las tasas de infección en Myanmar son elevadas y siguen creciendo, no se dispone de datos recientes. En Asia, los niveles máximos de infección continúan correspondiendo a Camboya, donde un sistema perfeccionado de vigilancia sugiere que el VIH está presente en la población general en todas las provincias. En 1998, la prevalencia del VIH entre mujeres embarazadas superó el 2% en 12 de las 19 provincias del país. Ese mismo año, y a nivel nacional, un promedio del 3,7% de las mujeres casadas en edad reproductiva estaba viviendo con el VIH. La prevalencia en los varones podría ser algo superior: un 4,5% de los donantes de sangre masculinos estaban infectados por el VIH, en comparación con un 2,5% de las donantes femeninas.

En otros países superpoblados, como Filipinas, la infección por el VIH parece mantenerse a niveles bajos, sin un crecimiento significativo ni siquiera en los grupos que suelen asociarse a un mayor riesgo de infección. Esto se explica en parte porque los profesionales del sexo registrados son examinados cada dos semanas para detectar otras infecciones de transmisión sexual (que facilitan la propagación del VIH), y reciben tratamiento si se diagnostica cualquier ITS. Además, los profesionales del sexo comunican un uso relativamente elevado de preservativos. Según un estudio nacional de vigilancia del comportamiento realizado en 1997, casi las tres cuartas partes de las prostitutas registradas manifestaron haber empleado un preservativo con su último cliente.

África aumenta su preponderancia en las infecciones por el VIH, con las mujeres a la cabeza

Es evidente desde hace años que África --especialmente al sur del Sáhara-- es la zona del mundo más afectada por el VIH y el SIDA. Los niveles de infección son máximos, el acceso a la asistencia es mínimo y las redes de seguridad económica y social que podrían ayudar a las familias a afrontar los efectos de la epidemia están fuertemente desgastadas, en parte como consecuencia de la propia epidemia.

El ONUSIDA/OMS calcula que, a comienzos del siglo XXI, unos 23,3 millones de habitantes del África subsahariana tendrán la infección por el VIH o el SIDA. Esto supone casi el 70% del total mundial en una región que alberga tan sólo al 10% de la población del planeta. A medida que los esfuerzos de prevención en otras zonas reducen el número de neonatos que contraen el VIH, el liderazgo del continente en términos de infecciones infantiles resulta más aplastante que nunca. Según las estimaciones del ONUSIDA/OMS, casi el 90% del medio millón de niños que en 1999 nacieron con el virus o que se infectaron a través de la lactancia materna, viven en el África subsahariana.

Recientemente, 15 estudios de prevalencia del VIH en la población general realizados en diversos países de África han contribuido en gran medida a la comprensión de la propagación y la morfología de la epidemia, una comprensión que hasta ahora se había basado principalmente en el análisis anónimo de sangre obtenida de mujeres embarazadas en dispensarios prenatales. Los nuevos estudios sugieren que, en muchos países de África, las estimaciones prenatales tienden a subestimar los niveles reales de la infección por el VIH en las mujeres. El motivo es que las mujeres infectadas son cada vez menos fecundas: cuanto más progresa la infección por el VIH, menos probable es que queden embarazadas. Y puesto que muchas mujeres infectadas por el VIH no vuelven a quedar embarazadas, no acuden a los dispensarios prenatales donde se obtienen las muestras de sangre para las pruebas anónimas del VIH. Así pues, las estimaciones prenatales no reflejan la magnitud real de la infección por el VIH en el conjunto de la población femenina.

Por otra parte, los estudios de población sugieren que los niveles de infección en los varones son inferiores a los niveles registrados en las mujeres embarazadas.

La conclusión parece ser que, en el África subsahariana, el número de mujeres que viven con el VIH es significativamente mayor que el de varones. La relación entre mujeres y varones no es la misma en todas partes, y varía con el tiempo. La información actual sugiere que más varones que mujeres se infectan en las etapas iniciales de una epidemia heterosexual, especialmente en aquellos contextos en los que un pequeño número de profesionales del sexo se infecta rápidamente y, a su vez, propaga el VIH a un número mucho mayor de varones. Con el tiempo, se estrechan las diferencias entre varones y mujeres, y finalmente la relación se invierte. En conjunto, sin embargo, los 15 estudios efectuados en zonas rurales y urbanas de nueve países africanos sugieren que están infectadas entre 12 y 13 mujeres por cada 10 varones. El ONUSIDA/OMS estima que, a finales de 1999, en el África subsahariana habrá 12,2 millones de mujeres y 10,1 millones de varones de 15 a 49 años viviendo con el VIH.

No se sabe con certeza por qué hay más mujeres que varones infectados. Es obvio que converge una combinación de factores, como el hecho de que en las relaciones sexuales el VIH se transmita más fácilmente de los varones a las mujeres que de las mujeres a los varones. Sin embargo, un factor esencial es seguramente la diferencia en los patrones de edad de la infección por el VIH en ambos sexos. Las mujeres tienden a infectarse mucho más jóvenes que los varones, tanto por motivos biológicos como culturales. Según estudios recientes en diversas poblaciones africanas, las muchachas de 15 a 19 años tienen una probabilidad cinco o seis veces mayor de ser VIH-positivas que los muchachos de su misma edad. La tasa de infección en los varones acaba por equipararse, pero no hasta que llegan a finales de la segunda década de vida o principios de la tercera. Evidentemente, los varones de edad más avanzada --que a menudo coaccionan a las jóvenes para que tengan relaciones sexuales o compran sus favores con regalos-- son la principal fuente del VIH para las adolescentes.

Hasta hace poco no había pruebas que permitieran afirmar con seguridad que en África hay más mujeres que varones infectados. (Conviene señalar que todavía no existen tales pruebas en otros continentes, donde diferentes patrones de transmisión han tendido a producir más infecciones masculinas que femeninas.) Ésta es la primera vez que las estimaciones del ONUSIDA/OMS para el África subsahariana han tenido en cuenta la menor fecundidad de las mujeres VIH-positivas y las diferencias en la relaciones de la infección entre ambos sexos. De acuerdo con los datos derivados de estudios en diferentes países africanos, cabe pensar que, una vez infectadas, las mujeres VIH-positivas tienen un 20% menos de los niños que habrían tenido si hubieran estado sanas. Obviamente, esto afecta a las estimaciones de la transmisión maternoinfantil y de la orfandad. La reducción del 20% en la fecundidad se traduce en menos niños con riesgo de contraer el virus y, por consiguiente, menos niños nacidos con el VIH (o infectados a través de la leche de su madre), así como menos niños que quedan huérfanos después del fallecimiento de su madre a causa del SIDA. En conjunto, sin embargo, la reducción en estas estimaciones no es sustancial, ya que el descenso de la fecundidad de las mujeres VIH-positivas queda compensado en gran parte por el hecho de que la prevalencia del VIH en las mujeres es mayor de lo que se creía previamente.

Cabe esperar que los métodos de estimación sigan mejorando a medida que se amplíe nuestra comprensión de la dinámica de esta epidemia evolutiva.

Los efectos del VIH y el SIDA en la vida de los africanos...

Muchos países africanos sufrieron un retroceso en el Índice de Desarrollo Humano de este año, una clasificación publicada por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) que refleja los niveles de salud, riqueza y educación. Casi todos los principales cambios a la baja en la clasificación podían atribuirse a un descenso de la esperanza de vida: el resultado directo del SIDA. En el África meridional, la esperanza de vida al nacer había aumentado un total de 15 años, desde 44 años a principios de los años cincuenta hasta 59 años a principios de los noventa. Según la División de Población de las Naciones Unidas, cabe prever que la esperanza de vida vuelva a retroceder hasta los 45 años entre el 2005 y el 2010 (el nivel más bajo en medio siglo) como consecuencia del SIDA. En comparación, la esperanza de vida en el sur de Asia, otra de las regiones más pobres del mundo, está evolucionando de forma muy distinta. Mientras que en 1950 las personas nacidas en el sur de Asia apenas sobrevivían en promedio hasta los 40 años, cabe esperar que el 2005 vivan 22 años más que sus congéneres en la región de África meridional asolada por el SIDA.

Un nuevo parámetro publicado por el PNUD calcula el porcentaje de la población actualmente viva que cabe esperar que siga viviendo para celebrar su 60 aniversario. Menos del 50% de las personas del sur de África actualmente vivas alcanzarán previsiblemente los 60 años de edad, en comparación con un promedio del 70% para todos los países en desarrollo y del 90% para los países industrializados.

...y en el sustento de los africanos

Aunque es inevitable que el aumento masivo de la mortalidad entre los adultos jóvenes económicamente activos afecte a las economías nacionales, no resulta fácil aislar o medir dicho efecto. En muchos de los países más afectados por el VIH son habituales la mala gestión económica, la inflación elevada, la corrupción flagrante y el desplome infraestructural; además, los conflictos y los movimientos de la población no son hechos en absoluto infrecuentes. A menudo, los gastos militares superan con creces los gastos en salud y educación, y la distribución desigual de los recursos es la norma. Es difícil concretar la contribución del SIDA a este panorama desolador, pero evidentemente la epidemia no puede más que exacerbar la situación ya precaria a la que se enfrentan muchos países.

Una situación macroeconómica degradada influye inevitablemente en las prioridades a todos los niveles, desde los nacionales a los individuales. En Sudáfrica, por ejemplo, un estudio realizado en 1996 estimó que estaba en paro el 52% de los 11 millones de personas de 16 a 30 años, y la mitad de ellas fueron clasificadas como marginales, con pocas perspectivas de empleo en un sector formal. No es de extrañar, pues, que los jóvenes piensen más en la supervivencia inmediata que en el bienestar a largo plazo. Las estrategias de supervivencia a corto plazo incluyen a menudo el intercambio de relaciones sexuales por escolarización, trabajo, dinero o un techo donde cobijarse. En un país donde hay tanta gente infectada por el VIH, estas estrategias son una receta no para la supervivencia sino para la muerte prematura.

El SIDA afecta a la actividad económica

Las empresas han empezado a comprender que el VIH constituye una amenaza real para la fuerza laboral, el mercado y las infraestructuras, aunque algunas sólo se han dado cuenta después de ver los costos en sus propios balances. Esto es especialmente cierto en África, donde el sector privado está notando el impacto acumulativo de una epidemia grave, duradera y aún emergente.

Muchas empresas han iniciado programas de prevención en el lugar de trabajo para intentar proteger su inversión en capital humano. Proporcionan información y preservativos a los trabajadores, a menudo a través de programas educativos inter pares. Se tratan las infecciones de transmisión sexual, y se ofrecen con frecuencia asesoramiento y referencia de casos para pruebas voluntarias del VIH. Los programas de prevención están haciendo progresos. En empresas que van desde firmas constructoras y bancos hasta minas y explotaciones agropecuarias de toda África, los administradores y los educadores inter pares están comunicando una demanda creciente de preservativos, especialmente el día de paga. Pero queda mucho por hacer: los jefes médicos de las mismas empresas indican que la demanda de tratamiento para enfermedades de transmisión sexual aumenta considerablemente poco después del día de paga. Un jefe médico de Kenya atiende habitualmente a unos 20 pacientes con ITS por semana, pero esta cifra se multiplica por tres durante la semana siguiente al día de paga. Es obvio que no todo el mundo está utilizando preservativos, aunque puedan conseguirlos gratuitamente.

En los países con una elevada prevalencia del VIH, las empresas previsoras tienen que mirar más allá de la prevención y anticipar el daño inevitable que la enfermedad provocará en su fuerza laboral y su infraestructura. Algunas ya han notado las repercusiones de la enfermedad con todo su rigor.

Un estudio reciente en granjas comerciales de Kenya reveló niveles muy altos del VIH. En una explotación azucarera, una cuarta parte de toda la fuerza laboral estaba infectada por el VIH. Los costos económicos directos relacionados con el VIH aumentaron espectacularmente: el gasto de la empresa en servicios funerarios se multiplicó por cinco entre 1989 y 1997, y el gasto directo en salud se multiplicó por 10. Además, los administradores de la explotación notificaron un gran incremento en el absentismo laboral, menor productividad (un descenso del 50% en la proporción de azúcar procesado a partir de la caña en bruto entre 1993 y 1997) y mayores costos por horas extraordinarias, que tenían que realizar los trabajadores para cubrir la baja de sus compañeros enfermos. Éste no es, ni mucho menos, un caso aislado. Una granja de floricultura en una zona distinta del país experimentó un aumento similar de 10 veces en el desembolso por salud de los trabajadores. Este gasto --cifrado en más de un millón de dólares para una empresa de 7000 empleados-- redujo de tal forma los beneficios que los propietarios decidieron vender la empresa.

De hecho, según los hallazgos del estudio, la enfermedad y el fallecimiento han pasado del último al primer lugar entre las razones para que los empleados dejen de trabajar. La jubilación, la primera causa durante los años ochenta, representó tan sólo el 2% de las bajas en 1997.

Prever la pérdida de capacidad técnica

Las empresas tienen que prever la pérdida de trabajadores, de forma que puedan elaborar planes adicionales de reclutamiento y capacitación. Aunque a muchas empresas les gustaría saber con exactitud qué proporción de su fuerza laboral perderán probablemente a causa del SIDA, la mayoría reconoce que ésta no es una cuestión sencilla y directa. Cada vez más, los empleadores están rechazando la idea de evaluar sistemáticamente a los candidatos antes de la contratación (a fin de cuentas, un candidato que es VIH-negativo en el momento de firmar el contrato puede contraer el virus más tarde). La realización de pruebas del VIH en la fuerza laboral existente no sería ética, a menos que los trabajadores dieran su consentimiento; las pruebas obligatorias generarían una gran hostilidad y podrían conducir incluso a huelgas o demandas laborales. Por último, pero no menos importante, las pruebas obligatorias son incompatibles con un programa eficaz de prevención y asistencia del SIDA en el lugar de trabajo. Al obviar el requisito de la prueba del VIH, la empresa crea un clima adecuado para implantar programas en el lugar de trabajo y maximiza sus posibilidades de éxito.

Sin embargo, con una preparación cuidadosa, puede ser posible que las grandes empresas lleven a cabo análisis de muestras de sangre donadas de forma voluntaria y anónima por los trabajadores. La empresa sudafricana de servicio público Eskom colaboró con los sindicatos y los empleados durante 18 meses antes de efectuar una investigación de los niveles del VIH en su fuerza laboral. En 1999, 5000 de un total de 37.000 empleados accedieron voluntariamente a donar muestras de sangre para la realización de pruebas anónimas, y una proporción significativa, a menudo con sus cónyuges, también solicitó asesoramiento y pruebas personalizadas con el fin de poder conocer sus propios resultados. La empresa no publicará los resultados del estudio, pero ahora será capaz de planificar mejor sus necesidades de reclutamiento y capacitación.

Los fallecimientos en el mundo laboral tienen diversas implicaciones. En los últimos años, el entorno comercial extraordinariamente difícil que viven muchos países afectados por el VIH ha obligado a numerosas empresas, organizaciones e incluso servicios civiles a considerar un recorte de sus plantillas. En estas situaciones, la pérdida de trabajadores no cualificados, aun siendo una tragedia humana, no tiene excesivas repercusiones para los empleadores. La pérdida de trabajadores cualificados es mucho más perjudicial para la productividad, y acarrea costos muy superiores. En muchas industrias existe un pequeño número de funciones clave sobre las que descansa todo el proceso de producción. Por ejemplo, sin ingenieros familiarizados con las técnicas de ebullición y centrifugación, llegaría a paralizarse toda la industria azucarera.

Las empresas han empezado a responder a estos desafíos contratando personal adicional en áreas clave y enseñando a una parte de la plantilla toda una gama de conocimientos importantes, de forma que, en caso de necesidad, puedan ser asignados para cubrir vacantes críticas. Esto requiere una gran planificación por adelantado; por ejemplo, son necesarios siete años para que un ingeniero recién graduado se convierta en un ingeniero azucarero plenamente productivo. Otra opción es contratar seguros especiales. En Botswana, donde el mercado de trabajadores cualificados ya era escaso antes de la irrupción del SIDA, muchas empresas están contratando un seguro de «hombre clave» a fin de cubrir los costos de contratación de sustitutos para personas fallecidas que ocupaban puestos críticos.

Es interesante señalar que, aun cuando todas las empresas reconocen el perjuicio especial que ocasiona la pérdida de capacidad técnica a nivel altamente especializado, muy pocas refieren iniciativas de prevención del VIH dirigidas a esos profesionales.

El dilema del pago de prestaciones y primas de seguros

Una de las consecuencias de la epidemia de VIH es que los empleadores están empezando a reflexionar sobre las prestaciones que están en capacidad de pagar a los empleados si enferman o fallecen durante el servicio. En la vertiente negativa, muchas empresas y organizaciones están optando cada vez más por contratar personal eventual o establecer contratos a corto plazo, lo que evita la necesidad de pagar por incapacidad, fallecimiento u otras eventualidades. Con una actitud mucho más positiva, un número significativo de empresas está colaborando con el sector de los seguros para elaborar paquetes de normas y prestaciones que cubran las necesidades de los enfermos terminales y de sus familias sin llevar a la quiebra a las propias empresas.

Los empleadores están rechazando de forma creciente la evaluación sistemática de los candidatos antes de la contratación como medio de recortar los costos sanitarios. Aparte de privarse del acceso a especializaciones técnicas en un mercado cada vez más limitado, las empresas comprenden que un empleado que empieza a trabajar siendo VIH-negativo puede contraer la infección después de entrar en nómina. De hecho, algunas compañías de seguros de vida están descubriendo que un tercio o más de los fallecimientos se relacionan con el VIH, incluso en los planes de seguros que requieren una prueba negativa del VIH como condición previa al contrato.

En Sudáfrica, algunas firmas de seguros médicos han respondido al problema planteado por el SIDA creando instalaciones dirigidas específicamente a las personas con el VIH u otras infecciones terminales, además de garantizar el tratamiento relacionado con el VIH y poner un tope a las primas que pagan los afiliados. Estos planes proporcionan actualmente prestaciones de hasta 25.000 rands (unos US$ 4000) por persona y año, lo suficiente para cubrir una buena parte de la terapia antirretrovírica. Pero los administradores ya están preocupados por la posibilidad de que, a medida que aumente la proporción de enfermos en la fuerza laboral, no sean capaces de mantener las prestaciones a estos niveles.

Otra respuesta implica cambios radicales en la forma en que siempre han operado las compañías de seguros y las mutualidades. Las prestaciones por defunción, por ejemplo, se pagaban tradicionalmente a la familia, pero sólo si el empleado fallecía durante el servicio. En el caso de las personas con SIDA, este sistema aplica una enorme presión tanto sobre los empleados enfermos como sobre las empresas, ya que si quieren que sus familias obtengan algún dinero, los empleados tienen que seguir trabajando aunque estén enfermos y no sean productivos. Algunos planes de seguros aceptan actualmente pagar prestaciones a los empleados con un diagnóstico certificado de enfermedad terminal, de forma que puedan jubilarse y vivir sus últimos días en la paz del hogar, sin perder el derecho al dinero debido. Esto también confiere a los individuos la oportunidad de invertir este dinero y planificar la seguridad económica de la familia.

Estas respuestas son alentadoras. Sin embargo, es importante subrayar dos cosas. En primer lugar, sólo una fracción minúscula de las personas en los países más afectados por el SIDA está cubierta por planes oficiales de prestaciones y seguros médicos. En segundo lugar, incluso los que están cubiertos verán inevitablemente cómo se reducen de forma significativa las prestaciones por enfermedad y defunción durante los próximos años, ya que las compañías de seguros y los empleadores traspasarán a los beneficiarios y empleados, incluidos los que no están infectados por el VIH, al menos una parte de los costos crecientes que acarrea la epidemia.

En Botswana, por ejemplo, ya se han duplicado las primas de ciertos seguros de vida por grupos, aunque el país se encuentra en una etapa relativamente temprana de la epidemia y no se ha producido todavía la inmensa mayoría de fallecimientos entre adultos jóvenes. Los empleadores absorberán una parte de estos costos crecientes, pero no todos. En Sudáfrica, que vive una situación similar a Botswana, una encuesta realizada por el grupo de servicios financieros Old Mutual en 1999 reveló que el 30% de las empresas está reduciendo las prestaciones que paga a sus empleados como consecuencia del número cada vez mayor de reclamaciones relacionadas con el VIH. Según las estimaciones de Old Mutual, sin estos ajustes, la proporción del salario que paga en prestaciones por defunción una empresa típica de algunas provincias aumentaría en dos tercios entre los años 1997 y 2002.

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