De nuestros

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El Dr. Rodolfo Rico Quiceno, Médico de la Universidad Javeriana nos envía el siguiente artículo:

EL ACTO MEDICO EN COLOMBIA

Reconocido como Acto Médico al conjunto de destrezas adquiridas en la Universidad que llevan al médico a curar al enfermo y conducirlo por los caminos del bienestar físico y mental, podríamos concluir que definitivamente en nuestro medio, éste acto, se ha convertido en un bien intangible o en algo que poco se practica o que brilla por su ausencia en la mayoría de sitios donde se intenta impartir salud

Basta con mirar en cualquier institución de nuestro país, como se realiza una consulta médica, para comprobar con nostalgia y pesar, esa triste realidad.

Tenemos varios elementos que integran esta situación desde todo punto de vista grotesca:

Un médico mal pago contratado a destajo con limitación de tiempo e instalado en un consultorio que adolece de casi todas las condiciones necesarias para llevar a cabo un verdadero acto médico.

Un paciente engañado, maltratado a quién siempre se le hace creer que se le está haciendo un acto de misericordia y caridad por atenderlo, siendo que ya ha pagado con creces el servicio que se le va ha prestar y cuyos réditos no han ido propiamente al pecunio del médico, sino a las arcas de una empresa de salud.

Toda una infraestructura de "servicio" que busca únicamente obtener cifras y estadísticas que logren aumentar presupuestos y obtener ganancias financieras.

La curación del enfermo, la búsqueda del bienestar físico y mental, la prevención, la docencia en salud, la relación médico paciente, la empatía, la semiología, la ética... recuerdos del pasado.

¡Por Dios! Cuando se entenderá que es el Ser Humano nuestro objetivo y que la enfermedad es algo que lo destruye. Así pues, debemos combatirla y prevenirla, prioridad inaplazable en la búsqueda del bienestar de la persona.

Quienes se encargan de legislar y organizar los cambios que debe tener la salud parece que nunca hubieran estado en contacto con la enfermedad, con el enfermo y mucho menos conocieran algo sobre la esencia íntima de la labor médica como es la de curar al paciente o en su defecto propender por su bienestar.

Los médicos que de verdad lo somos y sentimos pasión por nuestro oficio, nos hicimos servidores de la salud, en virtud a que, desde muy dentro en nuestros corazones sentimos la necesidad desde muy niños de dar nuestra vida en pro de la Vida.

Desde muy jóvenes luchamos por capacitarnos para poder ingresar a una Facultad de Medicina sabedores del gran compromiso que adquiríamos y de la innumerable cantidad de problemas que íbamos a enfrentar para sacar adelante nuestra carrera, incluyendo nuestra propia limitación económica.

Cuando nos graduamos comprobamos con alegría que era grande la satisfacción del deber cumplido pero que estábamos ante una vida de trabajo continuo y que la sociedad nos reclamaba y esperaba. No podíamos defraudarla.

Sabíamos que nuestro alimento espiritual debía ser, día a día, estrechar manos agradecidas y sentirnos permanentemente útiles.

Estamos seguros, aunque pequemos de inmodestos, de haber escogido la profesión más decorosa del mundo, pero hay quienes se han encargado de hacernos creer que nuestro papel es secundario y poco relevante en el desarrollo de la sociedad.

¡No! No podemos permitir que unos usurpadores se interpongan entre nuestra propia vocación y la labor que necesitamos hacer, imponiendo un estilo de acto médico amañado a la conveniencia económica de un tercero, que lo que menos le importa es el bienestar del paciente y mucho menos el del médico a quien se le considera un empleado más de la empresa.

La forma de cumplir la ley 100 en Colombia está destruyendo las esperanzas tanto del médico como del paciente de lograr un progreso real en lo que corresponde a salud.

Con cuanta ilusión llega un paciente a un consultorio, esperando solucionar su quebranto de salud y se estrella contra una realidad que él presentía, pero que no quería reconocer.

¿Cuánto médico se presta para esta farsa? ¿Y cuantos con verdaderas vocaciones escondidas?

¿Cuánto médico trabajando en labores administrativas y burocráticas habiendo dilapidado años de su vida estudiando en una facultad y desperdiciando la labor de los docentes que quisieron formarlo como curador o aliviador de males?

Es triste ver como un arma eficiente para destronar creencias erróneas y prácticas perjudiciales, era esa capacidad de influir en el comportamiento del paciente, virtud que tenía el médico de antaño y que se ha ido perdiendo hasta el punto de que tengamos que luchar mucho para convencerlo y algunas veces no lo logremos.

Hemos perdido significativamente el respeto que nos hacía en otros tiempos formadores de sociedad y forjadores de progreso, pues una sociedad mas civilizada exige que haya líderes capacitados que influyan en las costumbres y cambien hábitos inadecuados.

Soy un convencido de que más que formular hay que enseñar y que el acto médico es una labor eminentemente docente, teniendo a veces alcances de moralista.

¿Saben acaso algo de esto los grandes "empresarios" que han tomado para sí y para su lucro el "gran negocio de la salud"?

¿Les importa algo a los administradores de las empresas de salud que en materia de humanización de la medicina estemos retrocediendo a zancadas hacia la edad media? Tal vez los tiene sin cuidado.

Los genios de las finanzas lo tienen todo proyectado y además de mirar con desprecio nuestra actitud altruista simplemente responden: "El negocio de la salud es como cualquier otro y debe ser manejado por economistas que sí saben como hacerlo".

Es hora que meditemos seriamente nuestra posición y compromiso frente a una sociedad que espera mucho de aquellos que hemos tenido acceso a una formación profesional y que podríamos si nos lo propusiéramos darle un timonazo certero y eficiente a la salud en nuestro país, iniciando por rechazar toda clase de fuerzas foráneas y malintencionadas y aceptar solamente las que busquen dar mejor calidad de vida a nuestros pacientes y dignifiquen la profesión médica.

Solo dentro del ambiente de un acto médico elegante, ético, cargado de intencionalidad curativa y conocimiento del paciente y de su problemática social, económica y humana, puede nacer y cultivarse el proyecto de una medicina moderna, que avance y que se adapte a las necesidades cambiantes de las gentes. Lo demás es permanecer en el medioevo por quién sabe cuantos siglos más.

Bogotá. Colombia

lcadavid@multiphone.net.co


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